El derecho a la centralidad: más que mejores viviendas y barrios

18 Abril, 2017, por ELCI, 192 visitas

Francisco Letelier T. 

Universidad Católica del Maule

Programa Territorio y Acción Colectiva – TAC

Fuente: El Mostrador | 15 de abril de 2017

El problema de la centralización es al mismo tiempo el problema de la producción de periferias y espacios ‘irrelevantes’. Cuando se le pregunta a los habitantes de la región del Maule dónde ocurren las cosas importantes un 77% responde “en Talca”, su capital (CEUT 2010). Si le hacemos la misma pregunta a los talquinos nos dirán: “en Santiago” y si preguntamos a los habitantes de la región metropolitana seguro contestaran en Santiago o Providencia.

La construcción de periferias genera la idea de que el lugar donde se habita tiene muy poca importancia dentro de la totalidad, y por lo tanto, el propio habitar se convierte en algo poco relevante. Lo espacios periféricos e irrelevantes son espacios donde más fácilmente cunde la desesperanza y la inacción. Al contrario, cuando se percibe que se habita en una centralidad se produce un orgullo que es a la vez fuente de poder para construir proyectos de futuro.

Chile produce periferias y territorios ‘irrelevantes’ en al menos tres escalas: en las regiones (respecto de Santiago); en los espacios locales – rurales (respecto de las capitales regionales y provinciales) y en los vecindarios (respecto de los centros urbanos o de las zonas donde hay más inversión).

Respecto de este último ámbito el intelectual francés Henri Lefebvre sostiene que el derecho a la ciudad es derecho a la centralidad: no como un turista que visita un casco histórico o como el disfrute por un día de la ciudad de la que uno ha sido desplazado; sino el derecho a participar en la vida en el centro de la ciudad, a estar en el fragor de la acción. Derecho a la ciudad es derecho a vivir y participar de la relevancia urbana.

¿Cuánto derecho tenemos a la ciudad en Chile? Muy poco, porque en general nuestros vecindarios no son mucho más que una mezcolanza de calles y casas, postes de alumbrado,  grifos y paraderos. En el mejor de los casos encontramos algún comercio vecinal, una que otra placita, un colegio y un consultorio.

La mayoría de los habitantes de los vecindarios de las ciudades chilenas no tiene acceso a una adecuada cantidad y calidad de espacio público y colectivo; a lugares con valor simbólico donde existan espacios urbanos identificables a escala de ciudad; a una diversidad de funciones urbanas que le permitan al vecindario un mínimo nivel de autonomía y posibilidades de intercambio. Los vecindarios de Chile son grandes dormitorios a los que la gente vuelve después de un largo día de trabajo para encerrarse en su casa.

Nuestros vecindarios son la “periferia” de la ciudad central o de los grandes centros comerciales. Y no sólo hablamos de los sectores pobres, sucede lo mismo con la mayoría de los vecindarios de sectores medios. Solo escapan a esta tendencia los conjuntos ABC1 en torno a los cuales se localizan equipamientos cada vez más complejos y diversos: ellos producen su propia centralidad.

La producción de centralidades vecinales debe ser un objeto explícito de acción pública. Mejores viviendas y mejores barrios no alanzan a producir justicia urbana, es necesario que esas viviendas y esos barrios estén emplazados en centralidades urbanas.

Construir centralidades no es asunto fácil. No es únicamente una cuestión de localización de elementos físicos, se trata más bien de promover activamente la relación entre ciudadano y espacio vecinal y entre espacio vecinal y ciudad.

Aprovechando mi estadía en Barcelona, y sin el afán de hacer una comparación descontextualizada, quiero señalar tres características de esta ciudad que pueden dar pistas para imaginar la construcción de centralidad urbana en Chile.

La primera es la red de bibliotecas públicas en Barcelona. Son 40 bibliotecas distribuidas en todos los vecindarios, una biblioteca cada 40.000 habitantes. En una ciudad como Talca, por ejemplo, con 250.000 habitantes, debería haber 6. Las bibliotecas tienen una colección media de 1,2 volúmenes por habitante y suman 50.000 metros cuadrados de equipamiento cultural de alta calidad. Cada día las visitan 20.000 habitantes. Cada socio puede solicitar hasta 30 libros/revistas/DVD de una sola vez, hasta por 30 días. El propio diseño de las bibliotecas le aporta al  vecindario un valor paisajístico y simbólico muy importante. No puedo dejar de agregar que habiendo llegado a Barcelona hace poco tiempo, y solo con los pasaportes, mis hijas, mi mujer y yo ya somos socios de la red pública de bibliotecas y tenemos los mismos derechos que un nacional.

La segunda son los mercados municipales. La ciudad tiene 43, distribuidos en todos los vecindarios.  Se suman a ellos mercadillos de fin de semana e itinerantes. Los mercados de Barcelona recibieron 66.815.394 visitas a lo largo del 2016 y tiene una nutrida agenda de trabajo con delegaciones escolares y programas de animación del espacio público. Según el ayuntamiento “los mercados barceloneses no sólo proporcionan una experiencia de convivencia a los ciudadanos sino que también se convierten en motores de los barrios en liderar su comercio. Son una pieza clave en el desarrollo económico y la creación de empleo en cada barrio”. Los mercados son otro elemento que aporta centralidad al vecindario.

La tercera es la forma en que están localizados los campus de una de las universidades más importante de España, la Universidad de Barcelona (UB). Sus seis campus están repartidos en diversos vecindarios y cubren todos los puntos cardinales de la ciudad. Esto no es azar, en  su página web la UB declara: “la Universidad de Barcelona despliega sus campus a lo largo del tejido urbano de Barcelona, de manera que alimenta la relación de interdependencia que tiene que existir entre la Universidad y la ciudad. Esta relación aporta animación humana y cultural a la ciudad y permite a la comunidad universitaria disfrutar de los servicios que ofrecen tanto la ciudad como la Universidad”.

Ahora bien, la construcción de centralidades en Barcelona no ha sido un asunto sencillo y la ciudadanía ha tenido un rol importante. Durante los años 60-70, en plena dictadura de Franco, el movimiento vecinal empujó reformas urbanas que explican en gran medida lo que es hoy la ciudad. Diversos trabajos fotográficos muestran la precariedad de las periferias urbanas de Barcelona en esos años. Era una ciudad muy diferente.

Hoy, en la era neoliberal, Barcelona enfrenta grandes desafíos para conservar las centralidades vecinales que ha venido construyendo. Nosotros, en cambio, estamos recién enfrentados al dilema: o dejamos que sea el propio mercado y las políticas urbanas las que sigan construyendo centralidades orientadas solo en el consumo (y produciendo al mismo tiempo múltiples periferias), o presionamos juntos, ciudadanos, gestores públicos, políticos comprometidos, académicos, por una reforma urbana que abra paso a un nuevo tipo de vida vecinal en las ciudades chilenas. Esperamos que este debate esté en la próxima discusión presidencial y parlamentaria.