Nuestra fragilidad regional

 Francisco Letelier Troncoso | Fecha de Edición: 05-09-2012 | Diario El Centro

El pasado 30 de Julio se “celebró” el mes de la región del Maule… ¿no sabía? Es normal. Desde la creación de la actual configuración regional en 1979, pasando por la instalación de los Gobiernos Regionales en 1993, el proceso de descentralización ha sido menos que tibio. Existen avances, no cabe duda: autonomía para definir “una parte” de la inversión, una pequeña burocracia regional y algunos instrumentos de planificación que sirven como “orientaciones” a la acción del Estado Central. Sin embargo, muy poco hemos avanzando en representación política: “nuestros” consejeros regionales no son elegidos por nosotros y el jefe de “nuestro” gobierno regional es designado en Santiago por el Presidente de la República. Solo el 20,1% de los habitantes del Maule sabe que los Consejeros Regionales son elegidos por los concejales (Proyecto Desigualdades, 2009).

Tampoco hemos logrado constituir región desde la sociedad civil ¿Cuántas asociaciones civiles regionales existen en el Maule? ¿Cuántos medios de comunicación? ¿Quién ejerce control social sobre la acción del Gobierno Regional? Los habitantes del Maule tiene el menor porcentaje de participación en asociaciones en el contexto país, 6,1% (Proyecto Desigualdades, 2009).
A nivel socio cultural la debilidad es mayor. Los habitantes del Maule somos los últimos en el ranking  de identificación con la región a nivel país (Proyecto Desigualdades, 2009). Del punto de vista simbólico la región es una realidad frágil e informe. El proceso de construcción de región es germinal: existimos administrativamente, pero política y simbólicamente el Maule prácticamente no existe.
Nuestra región, como todas, es una región nueva, debemos asumirlo. Sobre esta base debemos reconocer que lo que llamamos “región del Maule” está asentado sobre identidades más profundas y territorios más viejos: las antiguas provincias y comunas.  Es allí donde podemos encontrar un cierto capital cívico y sentido de pertenencia para alimentar nuestro proceso regional. Debemos también considerar nuestros vínculos con territorios en regiones adyacentes y entender que son parte de nuestro acervo de relaciones.
Ciertas elites regionales pueden estar cómodas con el centralismo, en tanto tienen el monopolio de relaciones con el poder central, pero los territorios locales no. En ellos vemos el verdadero alegato regionalista: contra la central Los Robles, contra la central en el río Achibueno, contra la ley de Pesca. Sin embargo, tendemos a invisibilizar todo lo que no está junto a la ruta 5 y no nos interesa aquello que está más allá de nuestros arbitrarios límites administrativos.
Nuestro relato regional se preocupa más del desarrollo de la industria exportadora que de la construcción misma de lo regional. “Vender la región” significa “vender los productos que alguien produce”: celulosa, vino, fruta y harina de pescado.  Autonomizamos la economía regional y la desacoplamos del desarrollo regional. Simbólicamente esto se expresa, por ejemplo, en la Fiesta de la Vendimia en Curicó, donde el mundo del trabajo de temporada y los territorios rurales, no son algo que se quiera reconocer.
Es necesario cambiar la dirección del proceso de construcción de lo regional.  No puede ser solo  Santiago y las elites regionales quienes lo estimule flojamente, debe ser también impusado desde “dentro”. Pero esto implica reconocer que nuestro poder no está en la región que “hoy existe” (esta es más bien aún una criatura del centralismo), sino en el vínculo de diversas identidades y territorios locales en la búsqueda de un proyecto común.

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